martes, 21 de marzo de 2017

Relato Part2: Ekian


Ekian salió a la calle dispuesto a abandonar la ciudad. Inuá había aflorado los recuerdos de su infancia, aquellos que tenía bien escondidos en su mente y que se negaba a sacarlos por miedo a que le hicieran daño. Mucho tiempo había pasado desde que sus padres, durante una de sus peleas habían dado a su hijo mayor a un viajero vendedor de pociones a cambio de unas monedas para seguir sustentando las borracheras de su padre. Ekian se fue sin protestar porque estaba harto de las peleas que se mantenían de forma diaria en la casa. Desde que era pequeño siempre había habido pero de un tiempo a esa parte las trifulcas entre sus progenitores habían empeorado y aunque su padre no pegaba a su madre sí que chillaba toda clase de insultos. Todos los vecinos estaban al corriente ¿como no lo iban a estar? Sus voces debían de llegar hasta la plaza central pero la gente no se metía, todos tenían otros asuntos y nadie osaba entrometerse en peleas ajenas y mucho menos entre marido y mujer. Con 15 años Ekian había sido vendido a Pausanias, un viajante al que luego le tomaría cariño y lo respetaría como a un padre de verdad. Triste era haber encontrado a ese ejemplo de padre fuera de su entorno familiar.
Los pasos de Ekian lo llevaron a seguir la procesión de la expulsión de la joven. Tenía que interceptarla fuera y hablar con ella. Necesitaba respuestas que Pausanias no le había querido dar. Pero una fuerza interior le hizo detenerse entre el gentío y volver la vista atrás. Su madre estaba sola con sus tres hermanos pequeños. Sabía que ya serían mayores pero aun así sintió una punzada de culpabilidad por no querer ir a visitarlos y mostrarles su ayuda. Seguía sintiendo rabia hacia su madre pero sus hermanos no tenían la culpa y sabía que ahora que no estaba Gardon se encontrarían mejor pero ¿tendrían dinero para subsistir? Dio media vuelta y dejó a la multitud para adentrarse en una de las callejuelas que lo acercarían hasta el muelle, de allí subió por otra de las calles adyacentes y mientras caminaba sintió su corazón palpitar de forma descontrolada. ¿Qué pensaría su madre si lo veía de nuevo? ¿Lo echaría otra vez? ¿Sus hermanos lo reconocerían? Habían pasado más de cinco años tiempo suficiente para que los recuerdos de un hijo y un hermano pudieran evaporarse en según qué mentes.
Por la calle por la que caminaba no había nadie, todos en Halian parecían haber ido a presenciar el destierro de la muchacha. Un olor a jabón de la ropa colgada en los tendales provocó una oleada de recuerdos en Ekian. Recuerdos de haber estado jugando por aquellas calles con sus amigos Jonal, Dansi y la hija del profesor,que en ese momento no recordaba su nombre pero que correteaba con ellos pese a la insistencia de Jonal de apartarla del grupo por ser dos años más pequeña que ellos. Cruzó la plaza y giró hacia la derecha para volver a meterse dentro de otra de las callejuelas que llevaban hasta la parte este de Halian y donde las casas de los más pobres se arremolinaban en torno a una pequeña plaza con un olivo en su centro. Era era la zona predilecta para charlar con los vecinos o que los más pequeñines correteasen libres, siempre bajo la atenta mirada de las madres. Mientras aprovechaban el rato para hacer algunos quehaceres domésticos que podían de hacer al aire libre como desplumar alguna gallina, pelar judías, castañas u otras cosas que les permitiera charlas con la vecina y amigos. Esa era la vida que había conocido hasta los 15 años Ekian y que muchas veces, durante los viajes con Pausanias, había echado de menos. Ekian pasó por la plaza, en un principio con temor a que alguien lo reconociera pero el lugar también estaba desierto. Antes de doblar la esquina  sus pasos se detuvieron. Quizás su madre y hermanos también había ido a ver la expulsión. Sacó la cabeza por la esquina de la calle y desde allí vio su antigua casa. Seguía igual que siempre. Tejado de paja, paredes desgastadas de calicanto y por puerta una cortina de paño que en los días de viento siempre se movía hacia todos lados. Seguían se haber podido comprar una puerta de madera para evitar que entrara el frío en invierno. Una niña estaba sentada en el poyete de piedra  de fuera cabizbaja sin hacer nada más que mirar el suelo, sus pies no llegaba a tocar los adoquines y los movía sin entusiasmo de delante atrás. Ekian no sabía quien era pero podría ser su hermana pequeña, aquellos rizos en los cabellos castaños eran igual que los de Tina, pero era apenas una niña de tres años cuando la vio por ultima vez, ella no sabría ni quien era él. Ekian se acercó a ella.
- Hola- le dijo a la niña que debía de tener unos ocho o nueve años. La niña levantó la cabeza sin entusiasmo. Ekian vio como tenía los ojos rojos de haber estado llorando.