sábado, 1 de abril de 2017

Relato Part4: Taeva


Unos días antes…...
    Taeva bajó las escaleras malhumorada por haber sido despertada por unos bilisis en el tejado nada más salir el sol. Aquellas aves llevaban ya dos días fastidiándola con sus amatorios cantos matutinos, pero a su padre parecía no molestarles. Decía que era un aviso de que la primavera estaba próxima. Cogió varios leños de la cesta junto al fogón y los metió dentro de la cocina de hierro. Con un pedernal hizo chispas para encender la yesca que metió con los leños. El resplandor anaranjado enseguida comenzó a aumentar su intensidad y Taeva sopló con suavidad varias veces para avivar el fuego. La primera llama salió casi de inmediato y comenzó a lamer los troncos con avidez, chamuscando su corteza y provocando una oleada de calor dirigida hacia el rostro de la muchacha.        Una vez preparado el fuego se dirigió hasta una pequeña despensa separada por una cortina blanca y cogió cuatro huevos, manteca, un trozo de queso y descolgó un pedazo de panceta que colgaba del techo en un gran gancho. Lo llevó hasta la mesa del centro de la estancia y allí untó la sartén con la manteca, puso unos trozos de panceta y dos huevos. El chisporroteo de la comida y el olor a panceta enseguida inundó toda la cocina. Taeva escuchó como su padre bajaba las escaleras.
- Buen día- exclamó Maruto
- Buen día, padre
- Veo que no has encontrado la manera de espantar a esos pájaros tan escandalosos- sonrió Maruto. Sabía que a su hija le irritaba mucho eses sonido y quería picarla un poco.
- ¿No decías que eran una buena señal que vinieran a la ciudad y que había que respetarlos?- Taeva se giró refunfuñando por el comentario.- tendremos que pedirles a  la vecina unas cazuelas porque estoy segura que este año nuestro tejado será el predilecto de esas aves. Si pudiera colgarlas haría que el viento las moviera y el ruido los espantaría.
- Ya sabes que en unos días se marcharán con su migración hacia el norte, no te preocupes- dijo Maruto sonriendo.
- Coje la leche de fuera. El lechero ya habrá pasado. He escuchado el carrito.- Maruto abrió la puerta que daba a una pequeña plaza de Halian y vio allí el cazo hondo con la leche recién ordeñada. La cogió con cuidado y la puso sobre el segundo fogón para dejar que hirviera.
    Taeva colocó en dos platos el tocino, los huevos y el pan del día anterior. En los cuencos puso leche y se sentó frente a su padre.
- No te queda tan mal la ropa de tu hermano- dijo Maruto dando un sorbo al cuenco de leche.
- ¡¿Que no?! ¡Pero si la camisa me va muy ancha!- tenía que ponerse ropa de chico para poder moverse con más libertad sobre la barca. Un vestido no hubiera sido un cómodo para moverse dentro del barco. Taeva bajó la cabeza y se vio la camisa que le caía hasta la mitad de las rodillas, se la había tenido que poner con un cinturón estrecho sobe la cadera y los bajos de la calzas marrones le sobraban también pero metidos dentro de las botas altas no parecían tan mal.
- Además, con esa trenza que te has echo tu cara queda más despejada y si no te miran dos veces pueden pensar que eres un muchacho.
   Taeva no pudo más que sonreír ante la ocurrencia de su padre y se tocó la punta de la trenza rubia que le llegaba hasta los pechos.
Desayunaron sin prisas porque aquel día Taeva no tenía que ir a la Academia. Maruto no impartía clases aquella mañana así que él tampoco tenía prisa pero ya llevaba puesta su toga azul y negra, colores que pertenecían al Consejo de Ancianos de la Academia. El Consejo constaba de cinco miembros, cada uno de ellos cuales eran encargados de sus grupos gremiales: el de la construcción, artesanos, carpinteros, tejedores y sanación. Antaño cada casa gremial era responsable de sus aprendices pero se percataron de que si no pertenecías a las familias principales no podías entrar en ninguna como aprendiz. Los jóvenes que tenían vocación para según qué tareas no podían optar a las casas gremiales si no pertenecías a ellas y sí en una casa gremial nacía una persona que quería pertenecer a otra casa tampoco podía hacerlo. El rey Yan, abuelo del actual rey, ordenó que se creara esta Academia para que todo el mundo optara al grupo gremial del que era más avezado y así no se desperdiciara el talento de nadie. Antes de ingresar en la Academia se les hacía una prueba, llamada Decisión,para ver que actitudes tenían y mandarlos a una casa gremial u otra. Los que se presentaban, por lo general, sabían a que se iban a dedicar y nunca había sorpresas de ultima hora mandándolos a una casa que no querían.
    Taeva estudiaba para su examen de ingreso en el gremio de los sanadores porque hasta que no cumpliera veinte años no podía entrar como aprendiz. Su examen de Decisión había sido claro,iba a ir a la Casa de Sanadores. Deseaba ayudar a los demás porque su padre siempre le había animado a que fuera una gran curandera y ella estaba de acuerdo en seguir sus pasos.
   Aquella mañana había prometido a su hermano que iría con su barco para ver como cazaban un Marlok, pez de 10 metros de largo, dientes afilados y escamas puntiagudas. Su hermano llevaba tiempo queriendo que Taeva lo acompañara en su trabajo pero ella siempre parecía estar ocupada y  nunca encontraba tiempo para poder ir con él.
- Espero que Atulo vigile bien de ti. Esos peces son muy peligrosos si no se anda uno con cuidado.
- No te preocupes padre. Ya se cuidad de mi misma. - sonrió a su padre
-No me hago a la idea de que mi niña pecosa haya crecido tan rápido
- ¡Padre!- dijo con aire de resignación. No era la primera vez , ni sería la última, que su padre la seguía tratando como una niña
   Taeva le dio un beso en la frente y se dirigió hasta su cuarto para acabar de preparase. Se colgó su cinto con la daga de plata que Maruto le regaló hacía un par de semanas, su bandolera de piel de conejo, una capa fina con capucha para protegerse del frío vespertino y salió a la calle, en penumbra, antes de que su padre también saliera.