lunes, 5 de junio de 2017

Relato Parte 13: Arcuo y Seyre


Unos pocos rayos de luz inundaban la pequeña cavidad subterránea donde estaba prisionero Arcuo. Venían de un agujero en la pared rocosa pero tan alto que era imposible alcanzar. Si no hubiera sido por ese resquicio de vida su esencia hacía mucho tiempo que habría abandonado su cuerpo, pero no, seguía allí, después de tantos meses de cautiverio y con la esperanza que alimentaba a su espíritu de sobrevivir al tormentoso encierro. La privacidad de libertad era lo peor que le podía ocurrir a un norteño. Hacía frío, mucho frío, la pequeña manta que encontró al llegar allí no era suficiente para paliar los rigores de la noche, y aún así había sobrevivido. Las paredes de piedra caliza estaban creadas de forma natural, sus captores habían aprovechado unas especie de cuevas subterráneas para usarlas como cárceles. Las paredes de roca exhalaban agua constantemente que caía por pequeños agujeros en el suelo junto a las paredes por lo que la cavidad no se encharcaba. Un moho verde oscuro crecía libre por las paredes pero en vez de producir a Arcuo enfermar le ayudaba a no caer enfermo. Era una forma de vida básica suficiente para insuflarle algo de energía pura.
     Era guerrero ibolkian y ellos no se rendían nunca, pero llevaba un par de días muy desanimado y el moho y los rayos de sol empezaba a no ser suficientes para mitigar su encierro. Hizo una muesca en una de las rocas del suelo con una piedra. Las marcas eran para no perder la noción del tiempo, y lo único que lo mantenía cuerdo era la conversación que tenía todos los días con otro prisionero y por el que le llegaba su voz por un agujero en la pared que comunicaba ambas prisiones. Su compañero de cautiverio era un likiano llamado Seyre y que había sido echo prisionero al mismo tiempo que él, y durante una batalla entre ibolkian, likianos y los ultinos. Si no hubiera sido por sus conversaciones diarias seguramente se habría vuelto loco.
- Toc, toc,…- exclamó una voz al otro lado de la pared.
- Buen día- Arcuo se acercó hasta la mohosa pared y acercó el oído lo más posible- te creía muerto, amigo
- No te vas a librar tan pronto de mi- Arcuo volvió a toser de forma descontrolada y a Seyre no le gustó nada el tono de esa tos.
- ¿Desde cuando llevas con esa tos?
- Desde que dejaste de hablarme. Has debido de mandarme alguna maldición likiana, estoy seguro- Seyre sonrió por la ocurrencia de Arcuo. Ambos sabían que esa tos no podía ser mas que el principio de una enfermedad que atacaba al pecho.
- Lo sabes ¿Verdad?- su tono cambió de tono.
- Si- sabía que no se refería a la maldición sino al echo de que esa tos no auguraba nada bueno.
- Pero tengo buenas noticias- He encontrado la manera de salir de este lugar.
- No me lo creo, debes de estar delirando o soy yo que no te he escuchado bien. Hemos probado de todo y no sirve de nada- tosió.
- No hemos probado todo, créeme. Se necesitaba tiempo para mi plan y hoy veremos si funciona.
     Arcuo pensó que había perdido la cabeza y ya no era capaz de distinguir la realidad. Ese pequeño likiano era muy optimista pero no había forma humana de salir de allí. La prisión de los ultinos era perfecta si no querías fugas imprevistas de los presos. La comida la daban por el agujero de una pesada puerta de madera imposible de atravesar. Intentos de comunicación con sus captores habían sido imposibles, no contestaban a sus preguntas.
     Habían sido prisioneros durante una incursión de los ultinos a una de las minas, aún protegidas del sur. Los clanes likianos e ibolkian habían luchado contra la invasión de los ultinos en tierras likianas. El rey Aaron quería apoderase de las minas de ukhian, un material más duro que el hierro y con el que fabricaban sus armas. Era el único material con el que no comerciaban con los del sur. Los dos  clanes se habían unido para luchar contra los ultinos pero no eran suficientes guerreros para abatir a tantos invasores. Aún así las minas iban resistiendo a los pequeños asaltos que cometían los ultinos. El rey Aaron quiso negociar, el primer momento, con los clanes para comerciar el intercambio de ukhian con algún otro material que los norteños quisieran pero ellos se negaron a que los guerreros del sur se hicieran con su más preciado metal. Enfadado, el rey Aaron decidió tomar el metal por su cuenta y una noche, en pequeñas embarcaciones para no llamar la atención, sobre las playas de arena blanca en el sureste de los territorios likainos desembarcó un pequeño destacamento de ultinos. Eran veinte hombres, armados para combatir contra quien se interpusiera entre ellos y el metal. Avanzaron hasta llegar al primer asentamiento minero. Tomados por sorpresa mataron a todos lo mineros, gente sencilla y trabajadora, salvo a uno que alertó al resto de las tribus. Mandaron llamar entonces los ultinos a otros destacamentos para proteger su nueva posición como dominadores de la mina y vinieron doscientos ultinos más. Los likianos, ayudados por los ibolkian, Señores de los caballos Guarnan fueron ganando terreno y acorralaron al enemigo hasta hacerlos retroceder a las costas por donde habían llegado. Fue en una de esas luchas cuando apresaron a Arcuo y Seyre junto con tres likianos más y llevados a tierras ultinas por mar. Los habían encerrado en aquellas prisiones y allí se quedaron, sin noticias del exterior ni otra comunicación que no fuera entre ellos mismos. El único atisbo de vida era la mano que metía sus bandejas de comida una vez al día. No entraba nadie a limpiar sus habitáculos, e ignoraban si quedaban con vida los otros prisioneros likianos. Seguía sin comprender porque los habían capturado con vida porque ni habían hablado con ellos ni los habían torturado. Simplemente los habían dejado allí, para dejar que se pudrieran solos.
     Después de hablar con Seyre, Arcuo se separó de la pared y fue hasta un pequeño camastro de patas de madera. No tenía mas que un poco de paja ya reseca y que le servía para descansar su dolorida espalda. Se sentó y bebió un poco del resto del agua que le quedaba de la noche anterior. Estaba muy fría y sabía que a su dolencia no le sentaría bien, necesitaba algo caliente pero allí era imposible. El cuerpo necesitaba el agua y no podía negársela. Se acercó las rodillas a su pecho y cerró los ojos. Los Antiguos lo habían abandonado a su suerte. Si hubiera energía suficiente de vida a su alrededor podría haber intentado curarse él mismo con el llamamiento a la vida pero el moho no era suficiente. Llevó sus pensamientos a los Antiguos , creadores de la vida, para perdirles más fuerza. La necesitaba. Sabía que sus padres lo habían dado por muerto y habrían llorado por él. No podía comunicarse con ellos a tanta distancia sin el amuleto de Kesiah. La piedra de Kesiah era la única capaz de canalizar sus pensamientos a su gemela aunque estuvieran a mucha distancia. Estas piedras también eran llevadas por los guerreros porque les daba fuerza y valor a los campos de batalla. Su madre le había regalado una cuando fue nombrado guerrero del clan al cumplir los dieciséis años. Era tradición entre los ibolkian regalar los amuletos a los recién nombrados.
     Unos minutos más tarde escuchó unos golpes procedentes de la cárcel de Seyre y acto seguido la puerta de su celda se abrió para ver, por primera vez, al sonriente likiano. Hacía más de un año que no lo veía, su cuerpo había perdido mucha masa corporal y lucía una larga barba castaña que le llegaba hasta el pecho, no tan larga como la de él. Tenía un aspecto horrible pero se imaginó que él mismo debía tener una pinta similar, sin hablar de olor que debían de desprender de tanto tiempo sin ducharse. Habían luchado juntos contra los ultinos pero no se había fijado en él hasta que los hicieron prisioneros y comenzaron a hablar durante el trayecto hasta aquel lugar inhóspito.
- ¿Vas a confiar en mi?- exclamó Seyre. Le tendió la mano y Arcuo no lo pensó dos veces  ambos salieron de allí sin ver a ningún carcelero que les interceptara el paso.
- ¿Pero como…?
- Luego te explico.