jueves, 15 de junio de 2017

Relato Part 15: Arcuo y Seyre

 
La noche llegó y con ella el frío que trajo el viento que bajaba de las cordilleras Turak-Nak. En la espesura de la algaida Seyre intentó calentar a Arcuo, aún inconsciente, cubriendo su cuerpo con hojas secas esparcidas por todo el suelo leñoso del bosque. El agujero del gusano los había conducido a la explanada de un bosque Y Seyre pensó que, al explanada, no era un buen lugar para quedarse así que arrastró a su compañero hasta poder ponerlo a una distancia prudencial del lugar donde estaban presos. Ya fue duro pero más duro fue comprobar que Arcuo seguía sumido en un profundo sopor, respirando con dificultad y con una fiebre muy alta. Con sus poderes de sanación había podido mitigar algo de fiebre pero él tampoco tenía muchas fuerzas. Necesitaba algo de comer y así poder recuperar algo de energía para curarle pero no quería dejar solo a su amigo por miedo a que empeorara. También estaba el echo de que los guardias los estarían buscando en las cercanías y seguían en peligro. Se encontraban dentro de un haya centenaria en la que Seyre había cubierto de la entrada con unos helechos secos para que pasara desapercibida en caso de que alguien se acercara demasiado. La luna apareció sobre un despejado cielo nocturno y Seyre decidió arrastrase al exterior del árbol saliendo por el estrecho agujero. Su cuerpo tembló en cuanto notó el helador viento de la noche. Se alejó del refugio lo suficiente para encontrar algunas bayas comestibles que Seyre se alegró de ver pero que era extraño que en aquella época del año viera frutos tan maduros. No era mucho pero sí lo suficiente para su cansado cuerpo y su recuperación de fuerzas. Después de guardar los frutos en los bolsillos de su pernera escuchó el fluir de un riachuelo cerca y sació su sed. Cogió una gran hoja de una rama baja y la llenó de agua. Volvió hasta donde se encontraba Arcuo y mojó sus labios con el preciado líquido, pero el agua resbaló por su rostro hasta el suelo. Volvió a salir varias veces más para repetir la operación pero no había forma de que el ibolkian pudiera beber algo de agua.
     Sacó un puñado de bayas silvestres y se las metió en la boca. Seyre notó el sabor ácido y afrutado en su boca y gruñó de placer. Después de un año comiendo unas gachas rancias aquello era como el paraíso culinario. Su madre sonreiría al verle comer bayas, ya que siempre les  había tenido manía. La fruta silvestre provocó en el cuerpo de Seyre una energía renovada y decidió aprovecharla. Le desabrochó la camisa a su amigo y puso las manos sobre su pecho, cerró los ojos y se concentró en el cuerpo de Arcuo. Notó la respiración irregular por la intrusión en el pulmón derecho de la enfermedad y canalizó su propia energía sobre dicho pulmón para eliminara los parásitos que se alimentaban de él. No pudo frenar, del todo, toda la enfermedad pero sí una parte de ella. El ibolkian dio una fuerte calada de aire cuando notó su pulmón menos congestionado y su pulsación comenzó a latir con normalidad, pero seguía inconsciente. Seyre volvió a taparle la camisa y salió fuera para volver a traerle agua. Esta vez la boca de Arcuo sí que respondió cuando la primera gota del líquido acarició sus labios. Tragó despacio y abrió los ojos unos segundos en los cuales vio a Seyre que sonreía, pero volvió a desmayarse. El likiano sacó unas cuantas bayas y se las metió todas a la boca y masticó sintiendo como la pulpa de las bayas inundaba toda su boca. Escupió la piel a un lado y se tumbó junto a Arcuo para darse un poco de calor. Su amigo tenía suerte de que Seyre supiera algo de magia de los turenos gracias a que su madre tenía una tia abuela turena y le había enseñado a su sobrina algo de magia sanadora, y ésta se la enseñara a su hijo Seyre. Los clanes se habían beneficiado de la mezcla de sangre entre clanes y también de compartir algunos conocimientos básicos. Pensaba que los likianos también  habrían absorbido parte de los conocimientos de los turenos, como las bolas de luz pero según Arcuo ellos no las usaban.
El viento siguió soplando durante toda la noche. Los silbidos entre las ramas de los árboles no molestaron a Seyre que se había sumido en un profundo sueño, exhausto. Soñó que los encontraban y volvían a meter en la celda. No sabía si saldrían de ésta pero al menos tenían una posibilidad ahora que ya no estaban prisioneros.

El sol acarició el rostro de Seyre con sus primeros rayos que penetraron entre los intersticios del tronco y sus ojos se abrieron. Por un momento pensó que seguía preso y se levantó alzando su brazos para desperezarse pero se toparon con el interior del tronco del haya.
 - ay- exclamó. Miró hacia Arcuo pero no estaba a su lado. Asustado salió corriendo al exterior y vio a tres mujeres frente a él. Vestían con vestidos verdes y capas negras. Las tres sonreían de forma sincera. No parecían una amenaza. Dos de ellas eran de pelo negro y largo y la tercera tenía una cabellera peliroja enmarañada de rizos que parecían ingobernables.
- ¿Pero que...?- dijo aturdido por encontrarse frente a unas desconocidas en un bosque extraño.
- Hola likiano- exclamó la más mayor de ellas, que debía rondar los cuarenta años.- os hemos estado esperando- su tono de voz era tranquilizador. No parecía asustada. Extendió la mano en señal de saludo. Se acercó hasta él y le tocó el hombro, con la otra mano le ofreció un cuenco de agua.
Seyre la miró con desconfianza y rechazó el agua con un ademán de la cabeza. No podía fiarse.
- ¿Dónde está mi amigo?- gruño apartando el cuenco con un manotazo.
- Está en buenas manos. Se encuentra muy enfermo y lo hemos llevado al corazón del bosque para tratar de curarlo.
- Ya se que esta muy enfermo. Por eso estaba yo cuidando de él. ¿Quienes sois?
- Somos personas con conocimientos mágicos que hemos tenido que huir de distintos pueblos de los reinos Akhatiros y refugiadas en los Bosques Sombríos, pero también se les llama Los Bosques de los Recuerdos. No deseamos el mal de nadie. Nuestros sueños premonitorios nos dijeron que vendríais a nosotros y que debíamos ayudaros. El bosque está protegido contra cualquier intruso no deseado. Los ultinos sabes que no pueden penetrar en él por la magia de los Antiguos que habita en él.- la mujer que hablaba tenía unos ojos verdes claros que dejaron a Seyre sin palabras. Su tez era tan blanca que con los cabellos negros ofrecían un aspecto casi fantasmal. Otra de las mujeres se aproximó al ibolkian, y con una voz suave le habló.
- Yo soy Pasiflora, y ella es Salicaria y – señaló a la pelirroja- Espiga. Vuestro amigo está con Dulcamara, cuidará muy bien de él. Si nos acompañas te llevaremos a donde se encuentra. No sientas temor, no queremos haceros daño. Somos pacíficas.
     Seyre vio en los ojos de Pasiflora sinceridad y se relajó, pero no del todo. Decidió que lo mejor era acompañalas. Si hubieran querido matarle ya lo habrían echo mientras dormía. Aquellas mujeres le recordaron a las turenas del norte, personas afables y si era así tenían los conocimientos necesarios de magia para ayudar a su amigo. 
Seyre decidió entonces seguir a las tres mujeres hacia el interior del bosque.