martes, 20 de junio de 2017

Relato Parte 16: Arcuo y Seyre

     El lugar estaba repleto de alcornoques, robles y hayas, ahora sin apenas hojas salvo por algunos árboles coscoja, de poco más de dos metros de altura, con un follaje marcescente marrón. En el sotobosque, repleto de musgos, se alzaban grandes plantas como los helechos, el acebo, eléboro o el brusco, plantas que no necesitaban de sol  y que preferían las sombras del bosque. Caminaron sin prisas y sin seguir camino alguno. Las tres mujeres iban delante, con paso tranquilo seguidas de un likiano cansado y desanimado. Seyre pasó junto a varios arbustos de acebo con las drupas globulosas llamando a su estómago pero que sabía que eran tóxicas así que ni las tocó Tenía hambre pero a medida que se adentraban más en el bosque apenas había nada para meterse en la boca. Solo se escuchaba el silbar del viento que pasaba entre las ramas desnudas y agujeros de algunos troncos y los pasos entre los helechos a medida que avanzaban. El bosque estaba dormido y Seyre lo sabía. Sus excursiones con su madre en el bosque de sus tierras en invierno tenían el mismo silencioso sonido. Una vez le preguntó a su madre compungido si el bosque había muerto, ella le tocó la cabeza mientras sonreía y le explicó no se preocupara, que cuando llegaba el invierno el bosque dormía hasta que apareciera la primavera. La primavera despierta a los seres durmientes del bosque, animales, árboles y otros seres que prefieren dormir en invierno en oscuros agujeros para no pasar frío. Unos meses después volvieron al bosque y Seyre se maravilló de comprobar que su madre tenía razón. “Come bayas”, le había dicho su madre. La primera vez no le gustaron y la segunda vez tampoco pero su madre le explicó que si se perdía en el bosque ese sería la comida más preciada que pudiera encontrar para sustentarse. Pero, aunque las probó muchas veces siguieron sin gustarle, Seyre cerró los ojos por un momento y a su mente le vino la cara de su madre, de cabellos largos y castaños recogidos siempre con un rodete sobre la cabeza, de sonrisa amable y su peculiar lunar en forma de estrella junto a la boca, suspiró melancólico y se dijo si algún día volvería a verla.
     Tardaron más de media hora en llegar hasta una hondonada llena de hierba  y en el centro de ésta un gran roble, posiblemente el más antiguo de todos los que habitaban el bosque. O al menos es lo que pensó Seyre al ver la longitud de su tronco rugoso. Los helechos y otros arbustos no crecían en aquella zona pero no podía entender el motivo. Otros árboles tapaban parte de los rayos solares y había muchas sombras donde hubieran podido salir. No obstante el roble no era molestado plantas menores y aunque estuviera en aquellos momentos sin hojas sí que empezaban a salir los brotes de las mismas y cuando crecieran debía de ser impresionante dada la longitud de su copa. Sus ramas de alargaban y alargaban retorciéndose entre sí, y algunas rozaban otros robles más pequeños como queriendo abrazarlos. Se notaba que era el dueño del lugar.
- Esto es el centro del bosque.- exclamó Salicaria acercándose hasta Seyre que se había quedado parado y sin habla. Nunca sus ojos vieron semejante lugar. Ni siquiera los bosques del norte de las tierras likianas tenían un lugar como aquel.- Es el roble de los conjuros. El árbol madre de todo la zona.
- No, nunca había visto nada parecido- dijo sin mirar a la mujer
- Tiene que haber uno igual por vuestras tierras. Por lo que sabemos este árbol está en comunicación con otros tres que se encuentran en distintos bosques. Uno está aquí, otro lo tenemos en el bosque del Reino de Pagarón, otro en los Bosques ibolkian y el otro está en tierras turenas
- Si vosotras vinisteis aquí escapando por culpa de vuestros dones ¿como es posible que sepáis tanto del árbol?
- Nuestros ancestros nos hablaron de ellos pero no esta escrito en ningún libro conocido. Solo unos pocos lo saben. Cuando nos escapamos, todas y cada una de nosotras sabíamos donde teníamos que ir en caso de necesidad. Los cuatro árboles se les llama Los Durmientes.
- ¿Porque entonces me lo contáis a mi? Apenas me conocéis.
- Nuestros sueños premonitorios así nos lo dijeron. Confiamos en ellos. - Seyre supuso que los sueños premonitorios de ellas debían de ser cuando se drogaban con beleño, belladona, estramonio u otras plantas alucinógenas para creer que habían sido bendecidas con las palabras de los Antiguos. Eran practicas que se hacían en todos los clanes por los hechiceros de primera orden para predecir el tiempo, para el día idóneo para el sembrado en los campos, para los casamientos de jóvenes parejas o incluso para ahuyentar a los malos espíritus de las poblaciones. A Seyre nunca le había parecido que fuera real y recordaba que su madre siempre había dicho que era la excusa que se buscaban los curanderos para colocarse con esas plantas sin que la gente pensara que eran adictos a ellas.
     Seyre se acercó hasta donde estaba el roble y tocó su tronco con la mano, cerró los ojos y respiró hondo. Una ola inmensa de energía inundó todo su cuerpo y abrió los ojos sobresaltado. Miró hacía arriba del árbol y asombrado abrazó con fuerza el tronco. Los meses de cautiverio habían ensombrecido su alma, sin darle esperanza y esperando la muerte al día siguiente y allí estaba ahora, abrazando a la vida. Sonrió con los ojos cerrados y todo su cuerpo se estremeció de placer.
- Gracias- le susurró al árbol. Ninguna de las tres mujeres dijeron nada, permanecieron en silencio y observando al likiano con curiosidad.
     Cuando se hubo despegado del árbol Seyre miró de nuevo a las tres mujeres pero dos de ellas ya no estaban, sólo quedaba Pasiflora. 
    - ¿Dónde están las demás?- dijo el likiano acercándose hasta Pasiflora.
    - Han vuelto a su zona del bosque. Ellas viven en otra parte. Han venido para ayudar en la curación de tu amigo. Dulcamara está con él ahora mismo. Mira- dijo Pasiflora y comenzó a caminar  hasta rodear parte del árbol.
    En el suelo y con la espalda apoyada en el tronco se encontraba otra mujer, esta vez de cabellos rubios y cortos, estaba sentada con las piernas extendidas y tenía apoyada la cabeza de Arcuo en sus muslo