martes, 25 de julio de 2017

Relato parte 20: Arcuo y Seyre Los reinos Akhatiros


Me levanté exhausto del suelo. El tajo del brazo me dolía horrores mientras me incorporaba con la pierna derecha dolorida. Mirase donde mirase hombres y más hombres luchaban con espadas en mano. Sudor y sangre se mezclaban entre los guerreros, entre gritos de horror y de honor se alzaban mientras el entrechocar de espada seguía sin fin. De pie y con el cuerpo temblando por la batalla logré coger mi espada del suelo. Miré la hoja, decorada con filigranas ibolkian, durante un breve instante justo para ver el destello del sol sobre ella, y el reflejo de un ultino a mi espalda. Cogí la empuñadura con ambas manos y con un grito de locura giré sobre mis talones y hundí el filo del arma sobre el estómago del desconocido. Me miró horrorizado y luego bajó la cabeza para ver salir su propia sangre a borbotones de su estómago. No me detuve a verlo caer muerto contra el suelo sino que me mantuve alerta para seguir defendiendo mi tierra. El siguiente al que abatí no contaría con más de quince años. Segar la vida de un joven antes de que empezara a vivir no era justo, pero tampoco el echo de usurpar tierra ajena sembrándola de cadáveres de inocentes por la avaricia de un rey.
Me acerqué junto al cuerpo de un ultino abatido y le arrebaté el puñal que guardaba con una cinta de la pierna. El mio lo había perdido unos momentos antes. El cuerpo sin vida me miraba sin ver, con el rostro desencajado por el horror y con el cráneo aplastado y sus sesos esparcidos por la hierba. Guardé el puñal en mi propia vaina que también llevaba en la parte externa del muslo. Al mirar alrededor me percaté de que muchos de los nuestros yacían desparramados sobre el barro y la hierba, como si se tratara de desperdicios. Hacía calor pese al cielo encapotado. Me miré la herida del brazo y vi como la sangre seguía brotando sin control manchando mi camisa blanca. Susurré el conjuro de curación y me miré la piedra de Kesiah que brilló intensa y noté un picor en mi herida que comenzó a cicatrizar. En ese momento vi a un ultino correr hacia mi, era más alto y fornido que yo, lo escuché gritar sin entender sus palabras. Su espalda se abalanzó contra mi pecho pero esquivé la estocada ladeando el cuerpo y aprovechando el movimiento le hizo la zancadilla. El hombre cayó de bruces contra el embarrado suelo y maldijo, pero no aproveché mi ventaja en altura sino que esperé a que se volviera a levantar. Nadie se merecía morir por la espalda, era un ibolkian y nunca alzábamos la espada a la espalda del enemigo. No se debía de luchar de otro modo mas que dando la cara al enemigo, era la regla básica en el combate. Cuando el ultino se levantó me miró a los ojos y esperé a que me embistiera pero, por un momento, ambos nos quedamos mirandonos quietos. La espada me pesaba pero no podía dejarla caer, se encontraba entre el guerrero que tenía delante y yo, era mi única protección pero el hombro notaba el peso extra del metal y dolía. Notaba mi corazón latir con rapidez y me costaba respirar con normalidad, miré la empuñadura de la espalda del ultino y vi que había labrado sobre el metal un gran pájaro de fuego, un ave fénix. En animal entonces agitó las alas de forma majestuosa y lo miré anonadado momento que aprovechó el ultino para clavarme la espalda en el vientre. Miré estupefacto hacia abajo y vi su espada incrustada en mi cuerpo. Noté el aliento del hombre en mi cuello y mis piernas no pudieron sujetarme. Caí en el suelo y mi cuerpo dio una sacudida. Cerré los ojos llenos de lágrimas y supe que era mi fin.
     Una voz de mujer sonó entonces en mi cabeza. No entendía lo que me decía pero quería ver si mi espíritu protector había venido para llevarme con los Antiguos y su tierra prometida. Abrí los ojos y vi el rostro de una mujer. Era hermosa, de cabellos rubios que parecían brillar con intensidad, un rostro níveo, ojos de un azul tan intenso que me recordaron a los lagos de Tareshia. Me sonreía, una sonrisa franca y de bienvenida. Intenté sonreírle pero no podía, estaba paralizado.
- Ya estás mejor- dijo la mujer- descansa, aquí no hay peligro alguno.
- Amigo- exclamó otra voz. Esta sí que me sonaba. Parecía la voz de Seyre.- estoy contigo.
     Miré en la dirección de la voz de Seyre y lo vi con el semblante lleno de preocupación. Mi cuerpo se relajó y me sobrevino un sopor. Esta vez dormí sin soñar.

     Seyre se quedó más tranquilo al ver a Arcuo en buenas manos. Parecía querer ayudar a su amiga y aquella mujer sabía lo que hacía. Le había administrado un brebaje de hierbas ayudando a mitigar del todo la fiebre y ahora descansaba. Ya no estaba en peligro.